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Conmemoración del 25 de noviembre

Conmemoración del 25 de noviembre

Los alumnos participaron en una acto organizado por el Ayuntamiento leyendo textos que reivindicaban el papel de la mujer en nuestra sociedad.

Marcapáginas contra la violencia

Marcapáginas contra la violencia

Cabalgatas de Madrid con reinas magas

Cabalgatas de Madrid con reinas magas

El PP reprochó este martes al Gobierno municipal de Madrid la organización de dos cabalgatas, en los distrito de San Blas-Canillejas y Puente de Vallecas,  en las que una Reina sustituirá a alguno de los Reyes Magos, una iniciativa que a juicio de la concejala popular Isabel Rosell supone emplear las políticas de género para disfrazar el “sectarismo y la falta de sentido común”.

Durante el pleno municipal, la concejala presidenta del distrito de Blas-Canillejas, Marta Gómez, de Ahora Madrid,  explicó ayer que la comisión que prepara la cabalgata en la zona ha decidido, sin su intervención y por votación, que o bien Melchor o bien Gaspar sea sustituido este año por una Reina.

La cabalgata de Puente de Vallecas tiene un presupuesto de 31.000 euros, que son sufragados por el Ayuntamiento de Madrid. 

Gómez considera que no supone “ningún problema”, aunque admite que no sabe “cómo se lo tomarán los niños”. La edil admitió que es una medida adoptada por un distrito "muy reivindicativo" en el que las asociaciones trabajan mucho el tema de género. El PP volvió a acusar a Ahora Madrid de suprimir de las fiestas “todo aquello que sea sentimiento religioso”.

Vídeos contra la violencia de género

http://ineverycrea.net/comunidad/ineverycrea/recurso/12-cortos-para-trabajar-la-violencia-de-genero-en-/74b6edfe-95f1-495d-b167-b651a28a4271

La joven india cuya violación cambió un país

La joven india cuya violación cambió un país

Por Moni Basu

(CNN) — Mathura tenía 14 años, tal vez 16, cuando la violaron. Era 1972 y yo tenía nueve. La India en la que ella era joven fue la misma en la que yo lo fui, con la única excepción de las condiciones de pobreza extrema en las que vivió.

Ella era huérfana y su pobreza la obligaba a aceptar cualquier trabajo para comer, como recolectar estiércol de vaca con sus propias manos, para luego dejarlo secar y venderlo como combustible. Para mí, vidas como la de ella eran comunes, estaba acostumbrada a ver a las mujeres en Kolkata, mi ciudad, a hacer lo mismo. Nunca me imaginé que mis manos tocaran la materia fecal de un animal.

Sin embargo, las violaciones no conoce de límites de clase y cultura. Luego de que esto le pasara, parecía que ella tenía una letra escarlata en el pecho, así era el estigma de una mujer violada en India. Mathura fue valiente e hizo lo que pocas mujeres hacían en aquella época: llevar su caso ante la justicia. Pero la suprema corte de la región no le creyó, la justicia negó la culpabilidad de sus atacantes, dos policías, y los dejó en libertad.

Su caso fue monumental, legal y socialmente. Por primera vez se desataron protestas por violación en el país, las mismas que lograron que se reformaran las leyes de acoso sexual. Se inició un movimiento feminista, que promovía acciones para empoderar a la mujer. La gente comenzó a ver la violencia de género como lo que es: un acto brutal de poder.

Yo leí del caso por primera vez mientras trabajaba como periodista en Estados Unidos y entonces me interesé por los derechos de las mujeres en el mundo. Aunque la corte se negó a creer que Mathura había sido violada, los acontecimientos estaban de su lado.

Su caso se convirtió para mí en el prisma desde donde podría observar mi lugar natal y su desarrollo en las últimas cuatro décadas. Hace menos de un año, otro caso levantó una ola de indignación en el país. Miles de personas marcharon por las calles luego de que un grupo de hombres violara a una mujer en un autobús. La historia terminó en la muerte de la joven.

Un titular del diario indio Hindustan Times llamó mi atención. La columna hacía referencia y lamentaba cómo la actitud de los hombres no había cambiado desde 1972. Incluso algunos reportes indicaban el alza en violaciones desde hace 41 años.

Nadie parecía saber qué le había pasado a la víctima, a la adolescente cuyo nombre saltaba en todos lados: Mathura. ¿Seguía viva? Esa curiosidad me llevó a iniciar mi búsqueda de la mujer que inocentemente había salido de su casa con rumbo a una estación de policía y había regresado como víctima de abuso sexual. Quería encontrarla por muchas razones, creo que muy dentro de mí, me sentía identificada.

Quería aprender sobre India, sobre cómo su sociedad lidiaba con la violación, y cómo Mathura había influido en ello.

Yo sabía lo devastador que podía ser una violación, y me pregunté cómo había afrontado ella su vida, atrapada por la pobreza, el analfabetismo y el patriarcado. ¿Había encontrado el amor? ¿Era madre? ¿Se sentía feliz?

En mi búsqueda, pregunté a abogados, periodistas y activistas. “Nunca la vas a encontrar”, me dijeron en varias ocasiones.

Conociendo a Mathura

Luego de mucho tiempo y de varias entrevistas, hallé a Mathura en Nawargaon. Cuando la ví, lo primero que hice fue explicar quién era yo y por qué estaba ahí. Le conté que la había estado buscando durante mucho tiempo y que había viajado más de 14.000 kilómetros.

Mathura me contó que vivía en ese pueblo desde que se casó con Attaram y que tiene dos hijos. "¿Por qué has venido a verme?", me preguntó. “Nadie ha venido a verme en todos estos años. Nadie vino a ayudarme”, dijo. En respuesta le pregunté que si había escuchado de Nribhaya, la joven que fue violada por un grupo de hombres en Delhi.

Ella asintió y yo le pregunté: “¿Sabías que tu nombre apareció nuevamente en los periódicos que reportaron el caso?" Respondió que no. "¿Qué decían?", me preguntó.

Le contesté con una explicación sobre la importancia de su caso. Cuando empezaba a recordar su historia, su hijo mayor, Papu Attaram, de 25 años, entró y dijo en representación de su madre: “No estamos interesados en nada que usted tenga que decir”. Ellos conocen la cruel historia de su madre, pero no todos los que lo conocen la saben. Me pregunto si hubieran estado más dispuestos a hablar conmigo si su identidad no hubiera sido revelada hace tantos años.

“He tratado de olvidarlo”, dijo Mathura. “He tratado mucho de comenzar mi vida de nuevo. No tengo otra alternativa”, agregó. Quiero decirle que yo sé lo que siente. Ella tenía entre 14 y 16 años cuando la violaron, yo tenía 18

- ¿Por qué Mathura se hizo famosa en La India a los 16 años?

- ¿Cómo había sido su vida hasta ese momento?

- ¿En qué se diferenció el caso de Mathura de los demás?

- ¿Qué ocurrió hace un par de años en La India que volvió a poner de nuevo su nombre de actualidad?

- ¿Cómo se describe la situación de acoso sexual en La India?

- ¿Por qué la periodista tenía tantas ganas de conocer a Mathura?

- ¿Cuál es su situación actual? ¿Qué piensa su familia?

Caddy habla

Caddy habla

La República Democrática del Congo está considerada por la ONU como el peor lugar del mundo donde puede nacer una mujer

Almudena Grandes 1 NOV 2015

Es una mujer joven, una mujer guapa, una mujer elegante. Lleva un vestido largo de un tejido espectacular, estampado en colores muy vivos, y uno de esos maravillosos turbantes que sólo las africanas son capaces de hacer enrollando una tela alrededor de su cabeza.

Esta mujer joven, guapa y elegante se acerca al micrófono, sonríe, saluda al auditorio y habla en un francés pausado y preciso, mucho más fácil de entender que el sentido de las palabras que pronuncia.

Cuenta que su país, la República Democrática del Congo, está considerado por la ONU como el peor lugar del mundo donde puede nacer una mujer, el país donde una niña tendrá peores condiciones de vida y menos oportunidades para progresar. Explica que esta calificación está relacionada con la guerra que devasta a su país desde hace mucho tiempo, una guerra cuyas batallas se libran específicamente sobre el cuerpo de las mujeres. Las congoleñas están en el centro de la vida de las comunidades en los pueblos y aldeas donde habitan. Ellas son quienes cultivan los campos, quienes se ocupan del ganado, quienes venden las cosechas y manejan la economía de sus familias. Mientras los hombres no trabajan, u ocupan cualquier cargo administrativo al que ninguna mujer tiene acceso, ellas cuidan de las casas, de las tierras, de los hijos. Por eso destruir a las mujeres es el método más simple, más directo y eficaz, para destruir las comunidades a las que pertenecen.

Antes de seguir, advierte que para explicar las cosas bien va a tener que usar términos violentos, desagradables y sexualmente explícitos. No puede esquivarlos, porque el arma más utilizada en la guerra que padece su país es la violación, aunque ese término no se aplica en este contexto a una penetración sexual obtenida por la fuerza. Para que el auditorio lo entienda mejor, pone ejemplos. Los soldados entran en una casa y violan a mujeres y niñas penetrándolas con sus cuchillos o con las bayonetas de sus fusiles. Así, destrozan por dentro y por completo a cualquier mujer que encuentren en una casa, ya sea un bebé o una anciana. O encañonan al marido y le piden a uno de sus hijos que viole a su madre. Si se niega, matan a su padre. Luego a uno de sus hermanos. Después a otro, y a otro más, hasta acabar con todos. Ellos mismos hacen el trabajo con sus cuchillos y las abandonan en sus casas o las dejan tiradas por los caminos. Las que sobreviven, tienen que afrontar después el abandono de sus maridos, que las repudian, y el de sus familias, que se avergüenzan de ellas.

Esta guerra feroz y lejana, de la que tal vez ustedes ni siquiera hayan oído hablar, se ha recrudecido de manera extraordinaria durante los últimos años. A la violencia política, étnica, religiosa, se ha sumado ahora la competencia por el coltán, un mineral raro en todos los sentidos –porque sus reservas son escasas y porque su nombre apenas se había escuchado hasta ahora– que es esencial para fabricar los teléfonos móviles que todos usamos. La República Democrática del Congo es el país con mayores yacimientos de coltán del planeta, y las empresas de telefonía radicadas en los limpios, civilizados y democráticos países del mundo civilizado están dispuestas a conseguirlo a cualquier precio. Se pueden hacer smartphones sin coltán –de hecho, al menos una empresa española, BQ, los hace–, pero, por lo visto, para las grandes compañías, la guerra en el Congo resulta más competitiva que la innovación tecnológica.

La mujer joven, guapa y elegante que habla despacio, sin levantar la voz, sin gesticular, con la dignidad de quien no busca compasión, porque sólo cuenta la verdad, se llama Caddy Adzuba, tiene 34 años y es congoleña. No sólo nació en aquel país. Sigue viviendo en él pese a que ha recibido numerosas amenazas de muerte y ha sobrevivido a dos intentos de asesinato. “Mis amigos extranjeros no lo entienden”, explica sonriendo, “pero yo no hago falta aquí, sino allí”.

Caddy es una privilegiada porque tuvo la oportunidad de ir a la universidad en un país donde poquísimas mujeres llegan a recibir educación. Se licenció en Derecho, pero también se dedica al periodismo. Presenta y dirige un programa de radio donde presta su voz a quienes no la tienen, las mujeres de la República Democrática del Congo. Además, impulsa y colabora en diversos programas de recuperación de mujeres violadas, rotas, que tienen que volver a crearse a sí mismas por fuera y, sobre todo, por dentro.

Caddy viaja por el mundo, y da entrevistas, conferencias, habla.

Yo, que la he escuchado, nunca podré olvidarla.

- ¿Cómo describe la periodista a la mujer que protagoniza este artículo? ¿Cómo es? ¿A qué se dedica?

- ¿Qué es lo que ocurre en su país?

- ¿Por qué la violencia se centra contra las mujeres?

- ¿Por qué razón se ha visto agravada esta situación?

- ¿Qué hace Caddy para ayudar a su país?

Niñas kamlari, la vida después de la esclavitud

Niñas kamlari, la vida después de la esclavitud

En Nepal, miles de menores han sido liberadas y han emprendido sus propios negocios, pero unas 300 continúan retenidas como sirvientas de familias poderosas

Patricia de Blas Gasca Katmandu 2 NOV 2015

“El día en que mis padres me vendieron a otra familia, no entendía lo que me estaba pasando”. Urmila Chuadhary recuerda vagamente la despedida; su madre lloraba y nadie respondía sus preguntas. Aún no había cumplido seis años cuando un influyente político de Katmandú la compró por 2.500 rupias nepalíes, poco más de 20 euros. Así se convirtió en una kamlari, una niña esclava, a cientos de kilómetros de su casa, privada de cualquier educación y expuesta a todo tipo de abusos. Fueron doce años de cautiverio, de los que apenas quedan marcas visibles. De vez en cuanto se acaricia una antigua quemadura en la mano, un castigo de agua hirviendo por olvidarse de comprar un paquete de tabaco. Aunque las peores cicatrices están debajo de la ropa. Y de la piel.

Bimala Chuadhary también fue una kamlari. Durante siete años, se encargó de limpiar la casa, lavar la ropa, segar los campos y cuidar de los bebés de un matrimonio acaudalado que pagaba 2.000 rupias anuales por sus servicios. Se levantaba a las cuatro de la mañana y trabajaba hasta bien entrada la noche, cuando aún no era más alta que su escoba. No recuerda haber jugado nunca con otros niños.

Ninguna de las dos guarda rencor a su familia. “No teníamos tierras y era difícil alimentar a todos mis hermanos. Éramos veinte en casa y apenas teníamos ingresos antes de que yo me marchase. Además, cuando vinieron a buscarme le prometieron a mi padre que me darían una buena educación y no me faltaría de nada; tendría comida, ropa nueva y mi propia cama”, explica Bimala, y se ríe por no llorar. Cuando el hermano mayor de Urmila tuvo que venderla para cubrir los gastos médicos de su padre, ingresado con una enfermedad grave en el hospital, escuchó las mismas mentiras. Estarían mejor con ellos; eso querían creer.

Como ellas, miles de niñas han sido víctimas de este sistema moderno de esclavitud, que se originó en los años cincuenta del siglo pasado, en el suroeste del país. La etnia tharu había habitado durante cientos de años esta región, aprovechándose de su resistencia genética a la malaria para sobrevivir en una de las zonas más fértiles. Sin embargo, cuando los avances médicos empezaron a reducir la incidencia de esta enfermedad, otras tribus ocuparon esas tierras y obligaron a los tharu a trabajar para ellos a cambio de una pequeña parte de la cosecha. La pobreza fue creciendo entre estas familias, que se vieron forzadas a entregar a sus hijas para subsistir. Fue el inicio de una tradición, heredada durante generaciones y permitida legalmente hasta hace unos años.

Aunque existían otras leyes para la protección de la infancia, el sistema kamlari no fue abolido oficialmente hasta julio de 2013. Gracias a la presión de varias ONG y de las propias jóvenes que habían logrado escapar de los terratenientes, el Gobierno nepalí se comprometió finalmente a colaborar en el rescate de todas las niñas cautivas y a emprender acciones judiciales contra cualquier cómplice del tráfico de menores. Sin embargo, muy pocos se han enfrentado a multas por este delito y alrededor de 300 kamlari permanecen todavía presas.

“¿De verdad crees que van a perseguir y castigar a oficiales de policía, grandes empresarios y cargos políticos? Son ellos, los más poderosos, los que todavía esconden niñas en sus casas”, cuenta Man Bahadur Chhetri, coordinador del programa de apoyo a las kamlari de Nepal Youth Foundation (NYF). Esta organización fue pionera en la lucha contra la esclavitud infantil y en los últimos quince años ha participado en la liberación de más de 12.000 niñas, que han accedido a becas para retomar sus estudios y formarse en diversos ámbitos profesionales.
De sirvientas a líderes en emprendimiento

Bimala ha recibido un crédito de 13.000 rupias para abrir una tienda de ultramarinos junto a su familia, mientras se prepara para estudiar Ciencias Empresariales. Por su parte, Urmila va a matricularse en Derecho para ser abogada. En su comunidad, y en muchas otras, se han creado cooperativas solidarias con el apoyo de NYF, que han permitido a cientos de jóvenes dejar atrás una vida de servidumbre y convertirse en emprendedoras. Gracias a este sistema, Mina ha abierto un salón de belleza y Dilkumari ha creado una escuela de costura en Banke, uno de los distritos donde más niñas se han convertido en kamlaris. Y no muy lejos de allí, Kamala presume de ser, probablemente, la única mujer que dirige un taller de motos en Nepal.

En 2010, decenas de jóvenes que habían sido rescatadas fundaron el Foro para el Desarrollo de las Kamarli Libres, del que ahora forman parte 1.375 mujeres. Son ellas las que gestionan la mayor parte de las cooperativas, y organizan grupos de apoyo con orientadores y psicólogos que les ayudan a superar los traumas de su infancia e integrarse de nuevo en su comunidad de origen. Algunas habían pasado tantos años lejos de casa que apenas recordaban a sus padres, e incluso eran incapaces de hablar el dialecto de su familia.

No obstante, el objetivo prioritario del Foro es colaborar con el Gobierno y las fuerzas policiales para rescatar a las niñas que continúan esclavizadas y concienciar a la sociedad nepalí sobre los perjuicios de este sistema. “Mi abuela y mi madre fueron kamlari antes que yo. Pero ahora he convencido a mi familia para que nunca más vuelvan a vender a una hija”, explica Urmila.

En NYF están seguros de que esta práctica se habrá erradicado en menos de una década. “Hemos conseguido un cambio de mentalidad. Antes los hombres presumían de tener una o dos esclavas, pero ahora las esconden porque saben que no está bien. Creemos que no habrá nuevas kamlari y que liberarán a las que siguen ocultas en cuanto se hagan mayores”, afirma Bahadur Chhetri.

Ni las ONG ni el Gobierno saben con exactitud cuántas niñas continúan en esta situación, ya que las familias que las retienen cuentan con el poder suficiente para callar todas las bocas de su entorno. A muchas de ellas se les ha perdido la pista, porque han sido vendidas sucesivamente de unas familias a otras, las han obligado a casarse o incluso se las han entregado a mafias de otros países, sobre todo la India, donde serán aún más vulnerables.

El próximo mes de enero se celebrará en el oeste de Nepal el festival Maghe Sankranti, un evento que tradicionalmente ha sido el escenario idóneo para la compraventa de kamlari. “Los hombres venían de todo el país para elegir una niña que se ajustase al tipo de trabajo que requerían. Para cuidar bebés, se llevaban a las de cinco o seis años. Para trabajar en el campo, las preferían más fuertes, a partir de trece. Seleccionaban y regateaban, como quien va al mercado a por verdura”, asegura Bahadur Chhetri. En los últimos años, la Policía se ha mantenido alerta durante este festival para evitar el tráfico de niñas. Y lo han conseguido; al menos, en teoría.

Pero las kamlari son solo la expresión más brutal de un problema que todavía está lejos de desaparecer en Nepal. Según UNICEF, uno de cada tres niños se ve obligado a trabajar, la mayor parte en zonas rurales. De todos los países para los que existen estadísticas, solo cinco, todos ellos africanos, tienen una tasa de explotación infantil superior a la de Nepal: Somalia, Camerún, Zambia, Burkina Faso y Guinea-Bissau. Además, este problema afecta más gravemente a las niñas. Un 38% de las menores sufre algún tipo de explotación, frente al 30% de los chicos.

La principal causa de esta elevada tasa de trabajo infantil en Nepal, según la Organización Internacional del Trabajo, es la extrema pobreza, en un país en el que el crecimiento económico no ha alcanzado a las clases más bajas. Y a su vez, la explotación de los niños contribuye a incrementar esa pobreza. “Nepal está atrapado en un círculo vicioso”, señala la OIT en el primer estudio de esta problemática, “y la forma de combatir ambos problemas es la educación”.

“Si se soluciona la pobreza, la necesidad del trabajo infantil desaparecerá automáticamente. El desarrollo del país se está viendo frenado por la explotación de los niños, que crecen analfabetos porque han estado trabajando en lugar de ir a la escuela. El ciclo se realimenta y la necesidad del trabajo infantil se renueva generación tras generación”, continúa el informe. Para romper el círculo, propone que el Gobierno incentive a las familias a llevar a sus hijos al colegio, ofreciéndoles una ayuda económica por cada niño matriculado.

Afortunadamente, la tasa de escolarización continúa creciendo. Urmila ya no tiene que mirar a escondidas los deberes de otros niños para seguir aprendiendo y, cuando tenga hijos, hará todo lo posible por darles una buena educación. Mientras tanto, sus esfuerzos siguen centrados en las niñas que siguen presas, sin poder ir al colegio. En la última misión de rescate, liberaron a una docena de kamlari que la Policía había localizado. ¿Cómo? Llamando a la puerta de los captores y apelando a su humanidad: “Por favor, no le hagas lo que me hicieron a mí”.

Juana la Nieve, reina de Vejer

Juana la Nieve, reina de Vejer

Juana Sánchez Serván, Juana la Nieve (Vejer, 1928) Nací en la misma casa en la que he vivido siempre. Mi padre se cayó una mañana de invierno en el campo y se quedó helado, enfermó y murió. Se quedó en la nieve decía la gente. Por eso me llaman Juana la Nieve. Con diez años ya trabajaba: limpiaba calles y encalaba. Me casé con 18 años. Tuve 14 hijos. Con uno muy pequeño y embarazada, bajaba al río Barbate a lavar ropa por dos duros.

El padre de Juana Sánchez Serván cuidaba los caballos del señorito, dice su hija, y una de sus tareas consistía en acarrear paja, ocuparse de que no les faltase alimento a los animales. Un día acudió al campo a buscar paja, como en otras ocasiones. El hombre partió de Vejer muy temprano. Era invierno y los campos los cubría un manto blanco, una capa de hielo. Parecía que había nevado. Aquella mañana, el padre de Juana tuvo la mala suerte de caerse y se quedó un tiempo por allí tirado, pasando frío. Se quedó helado. El hombre enfermó y murió. Y la gente de Vejer comenzó a referirse a él como Miguel el de la nieve. Miguel se ha quedado en la nieve, decían. Así nació el apodo por el que fueron conocidos a partir de entonces los hijos de ese hombre que murió a causa del frío, del hielo, de la nieve. De ese modo pasó Juana, la más pequeña de ocho hermanos, a ser en su pueblo Juana la Nieve.

Juana, que nació en 1928, es un personaje popular en Vejer. Pregunte usted a cualquiera dónde vive Juana la Nieve y se lo indicarán, termina por decir su hija Magdalena para resumir las indicaciones sobre cómo encontrar la casa.

Efectivamente. En la plaza de la Paz, preguntamos a un hombre y, muy amable, nos acompaña hasta una cancela que da paso a un patio florido, a la casa en la que nació, se crió y sigue viviendo Juana, la hija de Miguel el de la nieve.

El entorno de la casa ha cambiado mucho desde que Juana era una niña que jugaba junto al barranco que se abría entonces allí mismo. Se entretenían los chiquillos con el escondite, con la comba. Jugaban a la china, al diábolo. Y también con dos piedras y una tabla. Construían una especie de puente con la tabla; le tiraban piedras y quien acertaba, quien le daba a la tabla y la tiraba, ganaba. Pero aunque Juana tenía ocho hermanos y ella era la más chica, los juegos venían después del trabajo.

Con diez años, ya manejaba la escoba. "Anda, Juana, bárreme la calle, me decían". La llamaban para limpiar en las casas. Y para encalar, por la mañana muy temprano. De modo que la niñez de Juana es un tiempo de juegos y trabajo, un mundo en el que no había lugar para otras tareas. "No fui a la escuela. No aprendí a leer ni a escribir. No quería. Tenía que trabajar".

Por esa época, cuando ella era una niña, sufrió su padre un accidente que lo marcó para el resto de su vida. Un día, el señorito le dijo: Sánchez, deme usted la escopeta. El padre de Juana se acercó al caballo y agarró la escopeta con tan mala fortuna, que el arma se disparó. El tiro le dio en una pierna. Permaneció unos cuantos meses en el hospital, lo operaron, pero se quedó cojo. "El señorito no le dijo que la escopeta estaba cargada", se lamenta Juana con un punto de resentimiento.

En su casa, acompañada por familiares, Juana hurga en la memoria en busca de otros episodios de su niñez y esa búsqueda la conduce a otros disparos, a imágenes de una violencia que se adueñó de su pueblo cuando ella tenía ocho años de edad. Un día iba Juana a por un mandado y una vecina la llamó: Juana, Juana, que vienen los moros. Vámonos, vámonos, le gritaba. "Me llevó a su casa. Luego, cuando ya pasó todo, me vine para la mía". Había comenzado la Guerra Civil. Juana evoca de esos primeros días escenas que le contaron y otras de las que ella fue testigo directo. "Mi padre se hizo el muerto. Había muchísimos muertos y él se manchó la ropa con sangre y se tumbó en el suelo junto a los cadáveres. Se llevaban en los camiones a los que detenían. Así se salvó. Luego les raparon el pelo a unas cuantas mujeres y las paseaban por Vejer, con un moñito. A una le mataron al marido, a otra igual. Los señoritos tiraban tiros desde los balcones y mataban al pobre que venía del campo. Pero hay Dios, porque todo el que hizo daño se ha muerto".

Cuando tenía 18 años, Juana se quedó embarazada. Su novio era un vecino de su misma edad. Ella le sacaba un mes. Se casaron. Pero en la iglesia entraron y salieron separados. Ella por una puerta, él por otra. "No quería que me viera nadie con la barriga". Eso sí: lo celebraron bien. Juana guisó una caldereta de atún e invitó a todos los hermanos. El marido de Juana trabajaba en el campo. Y ella, en todo lo que podía. Hasta de lavandera.

Iba a lavar ropa a La Barca, al río Barbate. Bajaba y subía por una vereda con la cesta cargada, "con la barriga y con un niño chico". Eran unos dos kilómetros y medio de camino por una cuesta empinada. La tarea se prolongaba desde por la mañana hasta la noche, y todo ese esfuerzo para conseguir dos duros. Juana sentaba al niño a su lado y lavaba ropa en el río.

Los niños llegaron uno tras otro, sin parar. Uno por año. Hasta catorce. "Cuando tenía un niño, en la Iglesia me daban una canastilla". El marido de Juana tuvo que irse a la mili cuando ya tenían dos hijas. Sirvió en Córdoba durante tres años. En Caballería. "Era cocinero. Nos traía tocino. Traía de todo". Cuando regresó de la mili, Juana se quedó embarazada de mellizos.

Pasaron los años y a Juana la contrató una empresa como limpiadora. Una contrata del Ayuntamiento. Se llevó dieciocho años trabajando ahí: limpiaba la plaza de abastos, el edificio del Ayuntamiento, el casino, el cine, la casa de la cultura. Juana ha limpiado todo Vejer. Un día, se resbaló, se cayó y se rompió el coxis. Estuvo ingresada en el hospital y entre una cosa y la otra, pues ya le dieron la jubilación. Pero como era culo de mal asiento, no dejó de trabajar cuando podía. Por ejemplo, en el bar El Ratito. Hasta con ochenta años se escapaba a echar unas horas, a fregar platos, a escondidas de sus hijas. Que no te hace falta, le decían ellas. Pero no la convencían. A ella le gustaba trabajar, y era muy activa. No podía estar quieta.

En ese ajetreo iban incluidas la atención a las vecinas y la asistencia a misas de difuntos y entierros. Juana siempre ha estado pendiente de la gente, acudía presta a visitar y a ayudar a cualquier vecina que se había puesto enferma. O a la que se ponía de parto. O a la que había parido, para echarle una mano. Cuando se moría alguien en el pueblo, allá que iba también Juana. Aunque no supiese quién había fallecido. Ella acudía y ayudaba a amortajar el difunto. No le daba miedo ninguno.

Tampoco ha dejado de lado a la familia. Hace años, una hermana de Juana se quedó viuda. Era ciega. Juana se hizo cargo de ella, la acogió en su casa y la cuidó. Durante doce años.

Ella también se quedó viuda. Su marido murió con 59 años de edad. Era un hombre que estaba enfermo habitualmente. De ahí que Juana tuviese que luchar tanto para sacar a sus hijos adelante. Allí donde podía ganar un duro, allí acudía ella. Incluso en épocas de escasez, ella conseguía comida para todos. "Yo he pasado mucho...".

Los hijos bromean con ella y le dicen que la van a mandar "a Juan y Medio", a ver si le sale marido. Se niega a ir. "Con lo que yo sufrí con el mío..." Una vez fue a una excursión a Galicia y sí que le salió un novio. El pretendiente le explicó que tenía diez hijos, mucho dinero y unas cuantas casas. No era un mal partido precisamente. Pero Juana lo rechazó, le dio calabazas. Le dijo que ella no quería nada: "Te quedas con todo".

Tanto trabajo y tanta actividad pueden transmitir una idea equivocada acerca del talante de Juana. Lo cierto es que ella es conocida en Vejer no sólo por su laboriosidad sino porque era la primera que se disfrazaba en Carnaval. Juana la Nieve se ha vestido "de Los Morancos, de la reina de Inglaterra, de la duquesa de Alba". En otra ocasión, Juana se disfrazó de billete de mil pesetas: confeccionó un traje con fotocopias de billetes.

Siempre dispuesta a participar en las celebraciones, queda para la crónica social de Vejer que una vez vistió sus mejores galas y se fue al Ayuntamiento con intención de acompañar a la Corporación a la boda de la hija de los Reyes en Sevilla. Con su pamela y todo. Al fin y al cabo, como anota un hijo, "en el pueblo ha vivido ella como una reina" y no quería perderse el acontecimiento.

Hace unos cinco años, Juana sufrió un ictus. Pasó muchísima gente por su casa a visitarla. La recuperación fue lenta pero se encuentra bastante mejor de lo que nadie hubiese pronosticado en aquel momento. "Ha muerto desde entonces un montón de gente. Menos yo", dice Juana con sorna. Ahora, sus hijos acuden a verla a diario. A comprobar que, como siempre fue, su madre está alegre. Con una excepción: únicamente cambia la cara cuando alguno de ellos falla un día.

Pero como eso sucede pocas veces, Juana la Nieve mantiene intacto su buen humor y bromea hasta sobre su propio entierro. Ha ido a tantos, que le fastidia tener que perderse el suyo. "El día que me muera yo, me gustaría salirme de la caja. Para ver a la gente que está allí", comenta Juana. Una hija intenta disuadirla. "Nada de eso. Ese día tú te quedas donde estás. Porque si no, se va a ir la gente y nos vamos a quedar solos".

Enma Watson en la ONU

Malala Yousafzai: "Sobreviví a la bala por una razón: pelear por la educación"

Malala Yousafzai: "Sobreviví a la bala por una razón: pelear por la educación"

Símbolo de la lucha pacífica por la enseñanza infantil en todo el mundo. La cita es en Londres, donde habla del estreno del nuevo documental sobre su vida y su causa: ‘Él me llamó Malala’

Martyn Palmer y Mar Moreno (Coordinación) 04 de octubre de 2015

Ríe. Y en ese gesto tímido, ahora que ha cumplido 18 años, está la niña que juega a ganarle pulsos a sus hermanos, busca vídeos de los Minions en el iPad o bromea con las fotos de Roger Federer que más le gustan. Malala, nacida en una aldea de Pakistán, el segundo país con el peor índice de escolaridad del mundo, está hecha a su nueva vida en Birmingham. Desde allí, durante el último año, ha viajado a Nigeria para hablar con el expresidente Goodluck Jonathan sobre las niñas que fueron raptadas por el grupo yijadista Boko Haram en 2014; a EEUU para exigirle a los congresistas que invirtieran en formación; y a Noruega, donde conoció al primer ministro afgano y le recordó que había prometido destinar el 4% del presupuesto a la recuperación de escuelas. Los rasgos y cicatrices de su cara, cruzada por una bala talibán hace tres años cuando volvía a casa en el autobús escolar, se han agravado en cierta manera. No ha cambiado su pelea: educación para todos los niños, incluidas las niñas. Contesta a estas preguntas en Londres, donde se presenta el documental Él me llamó Malala (estreno en España el 6 de noviembre). Un inspirador homenaje a la vida y el trabajo de esta tenaz muchacha, y a la firmeza del singular revolucionario que las inspiró, su padre.

¿Cree que esta cinta refleja su vida real?

Sí. Cuando la vi comprobé que Davis [Guggenheim, guionista y director] había contado nuestra historia familiar con mucha fuerza.

¿Y qué sintió cuando la vio por primera vez?

Me emocionó poder entrar en las vidas de mis padres antes de que fueran mis padres; ver cómo enfrentaron situaciones difíciles o cómo mi madre dejó de ir al colegio y a nadie le importó. Y luego comenzó mi vida, tan cerca de la escuela. No hay nadie contando nuestra historia, somos nosotros mismos, y eso es lo bonito. Emocionante, pero no tan agradable, es cuando mi hermano dice que no apoya cosas que yo defiendo [ríe].

¿Qué la llevó a abrir las puertas de su vida personal, privada?

Que los productores mostraron pasión por la educación y el objetivo era que la película inspirase a los espectadores. Que no es la historia de una niña, sino de millones de niños y millones de familias.

¿Se le hizo difícil verse en la pantalla?

No puedo verme en las entrevistas, se me hace extremadamente difícil. No puedo ni oír mi voz.

Pues no parecía nerviosa durante su discurso en las Naciones Unidas, por poner un ejemplo.

Me lo tomo con seriedad, y siempre me digo: «éste es el momento en el que tú le dices al mundo lo que piensas». Allí no sentí que le hablaba a las 400 personas que tenía enfrente, sino a todos los niños privados de una buena educación. A los padres, a los profesores, a todos. si mi vocabulario no es perfecto, no me importa. Hablo con el corazón.

¿Ha resultado duro acomodarse a un nuevo país, Reino Unido?

Acostumbrarse a otra cultura fue difícil al principio. Tener un nuevo método de enseñanza, otras amistades... Hemos hecho muchísimos amigos y me siento toda una brummie [nativa de Birmingham].

¿Es cierto que es futbolera?

Mis hermanos son auténticos fanáticos. Yo realmente no entiendo mucho de fútbol, solo que hay que tener cuidado al decir cuál es tu equipo, y cuando estás en Midlands Occidentales no debes ni mencionar al Manchester United [ríe].

Ha obtenido un sobresaliente en el Certificado General de Educación Secundaria: el paso a la universidad. ¿Eso podría suponer un freno en su activismo con la fundación?

Un poco. Durante este curso tuve tanto trabajo en la fundación que perdí muchos días de clase y eso me retrasó con mis lecciones. Esta experiencia fue difícil, y tomé la decisión de no trabajar mientras tenga exámenes. La educación es importante para todos, incluyéndome a mí.

¿Piensa a menudo en aquella bala en su cabeza?

Antes del disparo me daba un poco de miedo pensar qué pasaría si alguien viniera a por mí y me secuestrara, si un talibán me detuviera. Era una idea recurrente. Hoy creo que sobreviví por una razón: continuar con esta pelea por la educación. No puedo ni pensar que una bala pasó cerca de mi cerebro. Pero estoy viva y puedo hablar, caminar y vivir como una persona normal. Yo he elegido esta vida.

¿Es optimista? ¿Cree que el trabajo por la igualdad educativa para las niñas en todo el mundo saldrá victorioso?

Yo soy muy positiva. Lo que no quita que las tomas de decisiones me las tome con calma. Siempre pienso que existe la esperanza de que habrá un cambio. ¿Pero cuánto tendremos que esperar para que los líderes del mundo le den importancia? ¿30, 50, 100 años? El momento de hablarlo es ahora. Si nos quedamos callados, esos líderes del mundo, cuyos hijos están matriculados en escuelas y universidades excelentes, no dedicarán un minuto a preocuparse por la educación de los demás. Hay que mantener la educación en el enfoque principal.

Acaba de cumplir 18 años y en el documental no se ve que disponga de mucho tiempo libre. ¿El ocio no está en su agenda?

Claro que sí. No tengo límites cuando se trata de diversión [ríe]. Me encanta pasar tiempo con mis amigos, jugar, pelear con mis hermanos. Tengo que decir que esto último es realmente muy divertido. Al mayor le gano siempre con las tres primeras palabras, no pelea tanto; pero el menor, aunque tenga 11 años, es muy listo y discute mucho.

Hemos hablado con su padre, y afirma que de niña, con unos tres años, ya tenían conversaciones muy largas. ¿Se acuerda de ellas?

Algunas. Y de nuestra casa, que estaba cerca de una escuela. También recuerdo ir a la escuela, aun cuando no debía ir. Tendría unos cuatro años. Siempre lloraba cuando iba tarde al colegio. Me preocupaba que mis profesores se enfadaran. Tengo 18 años, 15 vividos en Pakistán. Muchas cosas de mi infancia siguen en mi cabeza.

El documental refleja cómo ese amor por la escuela y la educación viene de cuando era niña. ¿Qué le influyó tanto?

Mi padre, que era el maestro. Para mí siempre ha sido un ejemplo, una inspiración. Me encantaban sus clases, cómo le hablaba a las mujeres de sus derechos, de la educación que tenían que recibir. Él siempre dice: «Podemos hacerlo, el cambio está por venir». También había otros maestros muy buenos en mi colegio. Algunas eran chicas jóvenes que daban discursos en la asamblea de las mañanas, y yo quería hacer lo mismo. Soñaba con ello. Luego me di cuenta de que podía lograrlo, aunque no tengo la potente voz de mi padre. En realidad, soy un poco tímida al hablar. No me acuerdo de esto, pero mis padres decían que cuando era muy pequeña, me encantaba hablarle a las clases vacías, como si estuviera dando un discurso. Está claro que, en mi mente, ¡era una profesora! [ríe].

Suele mostrarse audaz y calmada. Empezó a alzar su voz en público con tan solo 10 años. ¿Siempre ha sido así? Da la sensación de que, realmente, ha perdido el miedo.

Creo que tener miedo es normal en cualquier persona. Yo lo he tenido en muchos momentos de mi vida. Temía ir al colegio porque pensaba que alguien me tiraría ácido en la cara o que los terroristas me detendrían porque estaba haciendo algo en contra de lo que dictaban. Y el coraje me ayudaba a seguir adelante. Ese coraje me llegaba a través de la admiración que le tenía a mi padre, a su modo de proclamar la libertad de las mujeres. Y al ver cómo en mi comunidad de swat Valley no había paz. Me daba miedo el talibán que bombardeaba los colegios y la duda de si todo cambiaría algún día. Creo firmemente que hay una responsabilidad en decir lo que uno piensa, en actuar. Eso me da coraje. Ahora me intereso por las cosas, hago muchas preguntas y pienso antes de tomar decisiones. Aun con todo lo que veo cada día, confío en que las cosas cambiarán.

¿Entra en sus planes regresar a su casa, a Swat?

Estar lejos de tu país es muy duro. No nos mudamos por decisión propia. Todo el mundo ha sido muy acogedor y bueno, pero es difícil vivir en unas circunstancias que no han sido elegidas por ti. Nos emociona poder volver a Pakistán. Estoy segura de que después de estudiar voy a trabajar allí. Mi sueño, durante muchos años, es poder ayudar a mi país. Ojalá este trayecto me guíe a conseguirlo.

Seguro que añora una vida normal.

Ahora mismo siento que vivo dos vidas distintas. Soy la chica que pelea con sus hermanos en casa, va al colegio y hace los deberes. Y luego está la que trabaja para defender la educación. Parecen dos vidas, pero es una y trato de unirlas lo mejor posible. Me preparo para mis exámenes y para que el mundo escuche mi voz. Soy las dos.

¿Puede describir la sensación de recibir un Nobel de la Paz?

El Nobel de la Paz fue realmente especial. No lo esperaba para nada. Saber que a los 17 años, aun siendo una niña, lo recibes es mucho más que una sorpresa. Sentí un inmenso honor y me dio fortaleza para seguir peleando. Al final es una oportunidad de divulgar mi mensaje alrededor del mundo.

¿Dónde se imagina dentro de 10 años?

Espero haber terminado la universidad y estar haciendo una gran obra en Pakistán, ayudando a que muchos niños vayan al colegio. Tengo un compromiso grande con mi país. Me prometí a mí misma que ayudaría a conseguir que sea mejor, a obtener la paz y a asegurarme de que haya una educación de calidad. Es muy triste saber que en un lado del mundo hay exceso de tecnología y que en el otro hay niños que no tienen libros. Así que eso haré.

Georgina "Supermujer"

La mitad de las víctimas adolescentes no identifica la violencia machista

La mitad de las víctimas adolescentes no identifica la violencia machista

Virginia López Enano Madrid 14 MAY 2015 EL PAÍS
El acoso a seis de cada 10 jóvenes se realiza través del móvil y las redes sociales
Una adolescente de 14 años se sincera por teléfono. “Soy su trapo, hace conmigo lo que quiere, soy su juguete.” Es la llamada de auxilio de una menor que no aguanta más los malos tratos de su pareja, una de las casi 2.000 llamadas que recibió la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR) el año pasado. Durante el 2014 han advertido con "inquietud" la normalización de las conductas violentas en el entorno de los jóvenes y el importante papel de las nuevas tecnologías en este ámbito. Según un estudio de esta organización seis de cada 10 adolescentes víctimas de violencia de género sufrieron acoso a través del móvil y las redes sociales. Además, más de la mitad, un 51,1%, no era consciente de que estaba sufriendo violencia de género.

Las nuevas tecnologías juegan un papel muy importante en la violencia de género entre los adolescentes por las características propias de las relaciones sentimentales de este colectivo, asegura ANAR. "En estas relaciones no suele haber convivencia y la comunicación se da la gran parte del tiempo de forma no presencial", añade el informe. La violencia psicológica es la más frecuente en los casos analizados por la fundación, presente en el 95,7% de las llamadas atendidas.

Pero, además, preocupa la banalización de las conductas agresivas. "Hay muchos adolescentes que observan que las parejas en general discuten y tienen desacuerdos y desencuentros", contempla ANAR en el informe. Esta circunstancia, afirman, lleva a los adolescentes a suponer que la violencia es inevitable en las relaciones de pareja, hasta el punto de confundir el acoso y las agresiones como amor, preocupación e interés.

Esto hace que las víctimas no sientan la necesidad de pedir ayuda "hasta que la situación es insostenible" y que las adolescentes "no identifiquen" las conductas de abuso psicológico como, por ejemplo, el control del tiempo, del dinero, de la forma de vestir, de los proyectos o el chantaje. Según el estudio poco más de la mitad de las chicas que llamaron a la fundación en 2014, el 51,1%, no era consciente del estar siendo víctima de la violencia de género. Un porcentaje que se ha reducido levemente con respecto a 2013, año en el que la no conciencia del problema estaba presente en el 53,4% de las llamadas.

Sin embargo, resalta la fundación, el 46,4% de las adolescentes que parecen conscientes de su situación, a juicio del psicólogo orientador de ANAR, sí se reconocen a ellas mismas como víctimas e incluso están dispuestas a "dar algún paso para resolver su situación".

Además, el estudio también recoge las llamadas sobre violencia a menores en el entorno familiar. En este caso, matiza el texto, cuando es un adulto el que accede al servicio a pedir ayuda en el 68,6% de los casos es la propia madre de los niños implicados. "Madre que a su vez es la víctima directa de la violencia de género", concluye el informe. Para cualquier consulta los interesados pueden llamar al 900 20 20 10, el teléfono de ANAR de ayuda a niños y adolescentes es gratuito confidencial y anónimo.

Españolas que trabajan en Arabia Saudí: “Aquí necesitas un hombre”

Españolas que trabajan en Arabia Saudí: “Aquí necesitas un hombre”

Ángeles Espinosa Riad 19 MAY 2015 EL PAÍS

“En este país necesitas un hombre”, resume Vega Gutiérrez, una de las ingenieras españolas que trabaja en la construcción del metro de Riad. “Este país” es Arabia Saudí, donde las mujeres tienen prohibido conducir, no pueden estudiar, viajar o someterse a una intervención médica sin el permiso del varón que tenga su tutela, y deben ocultar sus cuerpos bajo unas túnicas negras llamadas abayas. Pero ni esas restricciones, ni la mala imagen del Reino del Desierto, han desanimado a estas pioneras ante un reto profesional tan importante para ellas como para su anfitrión.

Gutiérrez se refiere a los problemas de movilidad como no poder coger el coche para ir a visitar otros puntos de la obra, hacer la compra semanal o acudir a un restaurante. Esta ingeniera de Caminos salmantina es la responsable de contrato de la línea 5, una de las tres constructoras del consorcio internacional liderado por la española FCC. Con la experiencia de 15 meses en Riad, admite que tiene la suerte de que su marido también trabaje en el mismo proyecto. Le da mayor independencia fuera del entorno laboral.
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“El conductor se ha convertido en mi sombra”, señala por su parte Berta Tapia, jefa del departamento de Topografía de la misma línea, cuyo marido e hijos se han quedado en Barcelona. “Pero no sólo es un problema de movilidad, si no tienes marido no puedes socializar con otros hombres o compañeros”, añade.

Las dificultades son a veces sutiles y, para mujeres acostumbradas a liderar equipos, resultan difíciles de encajar. Cuentan que a los compañeros saudíes les cuesta dirigirse a ellas y, cuando lo hacen, no les miran a la cara. “No tienen costumbre porque entre ellos [mujeres y hombres] no hablan, pero poco a poco se están habituando. También tú aprendes a no dar la mano a no ser que ellos te la ofrezcan primero”, apunta Almudena Álvarez, ingeniera de Caminos que dirige el departamento de diseño. “En su mentalidad no existimos, están aprendiendo”, añade.

Supera lo anecdótico. También afecta a la organización del trabajo. “No tienes la libertad que en otros países para convocar una reunión, pero son temas que se pueden salvar, haciéndolo a través de un compañero, por ejemplo”, reconoce Gutiérrez. “Hay que venir con una actitud diferente; eso mismo que en Madrid sería el fin del mundo, aquí soy consciente de donde estoy”.

Tampoco les pilló de sorpresa. Sabían que venían al país más conservador y misógino de Oriente Próximo. Intuían que las condiciones serían difíciles, pero pesó la oportunidad profesional. “Es un proyecto muy ambicioso, y en España en estos momentos no hay mucha obra civil”, coinciden.

Más complicado resulta dar órdenes o reprender a alguien cuando su trabajo no está a la altura. “Hay una parte cultural”, concede Álvarez. Esta viguesa, que llegó hace 10 meses desde Panamá, ya había notado allí la necesidad de tener más delicadeza para hacer las críticas. “Los españoles somos muy directos y eso se malinterpreta”, afirma. “Cuando vine, no podía salir a la obra, pero en mi trabajo si no veo…”, recuerda Tapia, la topógrafa. “No me pongo físicamente detrás de la máquina [el teodolito o estación total, con el que se hacen las mediciones], aunque de vez en cuando bajo a la tuneladora a echar un vistazo con discreción”, confía antes de recordar divertida que el primer día rompió la abaya porque se enganchó.

No obstante, se muestran convencidas de que al tratarse de occidentales, a los saudíes no les preocupa mientras vayan cubiertas y sean discretas. “Les causa más sorpresa que otra cosa”, asegura Vega.

También notan cierto esfuerzo por encajar este nuevo fenómeno de mujeres a pie de obra. En Arabia Saudí, ni siquiera pueden estudiar ingeniería. Unas pocas valientes lo han hecho fuera, pero o trabajan en Aramco (la compañía nacional de petróleo) o en tareas de oficina. Sólo en 2005 abrió la primera facultad de arquitectura en una universidad femenina.

Esa segregación absoluta a la que aspiran los más puritanos saudíes también crea oportunidades para las extranjeras. Tal es el caso de Sandra Yagüez, joven topógrafa en otra empresa de ingeniería que está rehabilitando y ampliando un campus. “Para el periodo de garantía de la obra, las mujeres, que van a ser las usuarias, no pueden comunicarse con los hombres que la están ejecutando; así que voy a ocuparme yo”, explica.

“Es una contradicción: no dejan que entren mujeres, pero las necesitan”, constata Yagüez, que tuvo que casarse antes de instalarse en Riad para poder vivir con su hasta entonces novio. En la obra tiene una oficina separada de sus compañeros, y al principio alguno se apartaba de su camino cuando se cruzaban. “Trabajo en la sombra”, admite. Aunque eso no le resta entusiasmo. “Te lo han pintado tan mal antes de venir, que una vez aquí no te parece tanto”, subraya.

Es la misma impresión a la que han llegado sus compañeras de FCC. “Al final, llevar la abaya es el mal menor, como un uniforme”, concluye Álvarez.

FELIZ DÍA A TODOS LOS TRABAJADORES Y TRABAJADORAS

Esperamos que vuestro día a día sea más fácil que el que aquí se muestra!!!!