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20151109083059-1446120162-851282-1446124046-noticia-normal.jpgEn Nepal, miles de menores han sido liberadas y han emprendido sus propios negocios, pero unas 300 continúan retenidas como sirvientas de familias poderosas

Patricia de Blas Gasca Katmandu 2 NOV 2015

“El día en que mis padres me vendieron a otra familia, no entendía lo que me estaba pasando”. Urmila Chuadhary recuerda vagamente la despedida; su madre lloraba y nadie respondía sus preguntas. Aún no había cumplido seis años cuando un influyente político de Katmandú la compró por 2.500 rupias nepalíes, poco más de 20 euros. Así se convirtió en una kamlari, una niña esclava, a cientos de kilómetros de su casa, privada de cualquier educación y expuesta a todo tipo de abusos. Fueron doce años de cautiverio, de los que apenas quedan marcas visibles. De vez en cuanto se acaricia una antigua quemadura en la mano, un castigo de agua hirviendo por olvidarse de comprar un paquete de tabaco. Aunque las peores cicatrices están debajo de la ropa. Y de la piel.

Bimala Chuadhary también fue una kamlari. Durante siete años, se encargó de limpiar la casa, lavar la ropa, segar los campos y cuidar de los bebés de un matrimonio acaudalado que pagaba 2.000 rupias anuales por sus servicios. Se levantaba a las cuatro de la mañana y trabajaba hasta bien entrada la noche, cuando aún no era más alta que su escoba. No recuerda haber jugado nunca con otros niños.

Ninguna de las dos guarda rencor a su familia. “No teníamos tierras y era difícil alimentar a todos mis hermanos. Éramos veinte en casa y apenas teníamos ingresos antes de que yo me marchase. Además, cuando vinieron a buscarme le prometieron a mi padre que me darían una buena educación y no me faltaría de nada; tendría comida, ropa nueva y mi propia cama”, explica Bimala, y se ríe por no llorar. Cuando el hermano mayor de Urmila tuvo que venderla para cubrir los gastos médicos de su padre, ingresado con una enfermedad grave en el hospital, escuchó las mismas mentiras. Estarían mejor con ellos; eso querían creer.

Como ellas, miles de niñas han sido víctimas de este sistema moderno de esclavitud, que se originó en los años cincuenta del siglo pasado, en el suroeste del país. La etnia tharu había habitado durante cientos de años esta región, aprovechándose de su resistencia genética a la malaria para sobrevivir en una de las zonas más fértiles. Sin embargo, cuando los avances médicos empezaron a reducir la incidencia de esta enfermedad, otras tribus ocuparon esas tierras y obligaron a los tharu a trabajar para ellos a cambio de una pequeña parte de la cosecha. La pobreza fue creciendo entre estas familias, que se vieron forzadas a entregar a sus hijas para subsistir. Fue el inicio de una tradición, heredada durante generaciones y permitida legalmente hasta hace unos años.

Aunque existían otras leyes para la protección de la infancia, el sistema kamlari no fue abolido oficialmente hasta julio de 2013. Gracias a la presión de varias ONG y de las propias jóvenes que habían logrado escapar de los terratenientes, el Gobierno nepalí se comprometió finalmente a colaborar en el rescate de todas las niñas cautivas y a emprender acciones judiciales contra cualquier cómplice del tráfico de menores. Sin embargo, muy pocos se han enfrentado a multas por este delito y alrededor de 300 kamlari permanecen todavía presas.

“¿De verdad crees que van a perseguir y castigar a oficiales de policía, grandes empresarios y cargos políticos? Son ellos, los más poderosos, los que todavía esconden niñas en sus casas”, cuenta Man Bahadur Chhetri, coordinador del programa de apoyo a las kamlari de Nepal Youth Foundation (NYF). Esta organización fue pionera en la lucha contra la esclavitud infantil y en los últimos quince años ha participado en la liberación de más de 12.000 niñas, que han accedido a becas para retomar sus estudios y formarse en diversos ámbitos profesionales.
De sirvientas a líderes en emprendimiento

Bimala ha recibido un crédito de 13.000 rupias para abrir una tienda de ultramarinos junto a su familia, mientras se prepara para estudiar Ciencias Empresariales. Por su parte, Urmila va a matricularse en Derecho para ser abogada. En su comunidad, y en muchas otras, se han creado cooperativas solidarias con el apoyo de NYF, que han permitido a cientos de jóvenes dejar atrás una vida de servidumbre y convertirse en emprendedoras. Gracias a este sistema, Mina ha abierto un salón de belleza y Dilkumari ha creado una escuela de costura en Banke, uno de los distritos donde más niñas se han convertido en kamlaris. Y no muy lejos de allí, Kamala presume de ser, probablemente, la única mujer que dirige un taller de motos en Nepal.

En 2010, decenas de jóvenes que habían sido rescatadas fundaron el Foro para el Desarrollo de las Kamarli Libres, del que ahora forman parte 1.375 mujeres. Son ellas las que gestionan la mayor parte de las cooperativas, y organizan grupos de apoyo con orientadores y psicólogos que les ayudan a superar los traumas de su infancia e integrarse de nuevo en su comunidad de origen. Algunas habían pasado tantos años lejos de casa que apenas recordaban a sus padres, e incluso eran incapaces de hablar el dialecto de su familia.

No obstante, el objetivo prioritario del Foro es colaborar con el Gobierno y las fuerzas policiales para rescatar a las niñas que continúan esclavizadas y concienciar a la sociedad nepalí sobre los perjuicios de este sistema. “Mi abuela y mi madre fueron kamlari antes que yo. Pero ahora he convencido a mi familia para que nunca más vuelvan a vender a una hija”, explica Urmila.

En NYF están seguros de que esta práctica se habrá erradicado en menos de una década. “Hemos conseguido un cambio de mentalidad. Antes los hombres presumían de tener una o dos esclavas, pero ahora las esconden porque saben que no está bien. Creemos que no habrá nuevas kamlari y que liberarán a las que siguen ocultas en cuanto se hagan mayores”, afirma Bahadur Chhetri.

Ni las ONG ni el Gobierno saben con exactitud cuántas niñas continúan en esta situación, ya que las familias que las retienen cuentan con el poder suficiente para callar todas las bocas de su entorno. A muchas de ellas se les ha perdido la pista, porque han sido vendidas sucesivamente de unas familias a otras, las han obligado a casarse o incluso se las han entregado a mafias de otros países, sobre todo la India, donde serán aún más vulnerables.

El próximo mes de enero se celebrará en el oeste de Nepal el festival Maghe Sankranti, un evento que tradicionalmente ha sido el escenario idóneo para la compraventa de kamlari. “Los hombres venían de todo el país para elegir una niña que se ajustase al tipo de trabajo que requerían. Para cuidar bebés, se llevaban a las de cinco o seis años. Para trabajar en el campo, las preferían más fuertes, a partir de trece. Seleccionaban y regateaban, como quien va al mercado a por verdura”, asegura Bahadur Chhetri. En los últimos años, la Policía se ha mantenido alerta durante este festival para evitar el tráfico de niñas. Y lo han conseguido; al menos, en teoría.

Pero las kamlari son solo la expresión más brutal de un problema que todavía está lejos de desaparecer en Nepal. Según UNICEF, uno de cada tres niños se ve obligado a trabajar, la mayor parte en zonas rurales. De todos los países para los que existen estadísticas, solo cinco, todos ellos africanos, tienen una tasa de explotación infantil superior a la de Nepal: Somalia, Camerún, Zambia, Burkina Faso y Guinea-Bissau. Además, este problema afecta más gravemente a las niñas. Un 38% de las menores sufre algún tipo de explotación, frente al 30% de los chicos.

La principal causa de esta elevada tasa de trabajo infantil en Nepal, según la Organización Internacional del Trabajo, es la extrema pobreza, en un país en el que el crecimiento económico no ha alcanzado a las clases más bajas. Y a su vez, la explotación de los niños contribuye a incrementar esa pobreza. “Nepal está atrapado en un círculo vicioso”, señala la OIT en el primer estudio de esta problemática, “y la forma de combatir ambos problemas es la educación”.

“Si se soluciona la pobreza, la necesidad del trabajo infantil desaparecerá automáticamente. El desarrollo del país se está viendo frenado por la explotación de los niños, que crecen analfabetos porque han estado trabajando en lugar de ir a la escuela. El ciclo se realimenta y la necesidad del trabajo infantil se renueva generación tras generación”, continúa el informe. Para romper el círculo, propone que el Gobierno incentive a las familias a llevar a sus hijos al colegio, ofreciéndoles una ayuda económica por cada niño matriculado.

Afortunadamente, la tasa de escolarización continúa creciendo. Urmila ya no tiene que mirar a escondidas los deberes de otros niños para seguir aprendiendo y, cuando tenga hijos, hará todo lo posible por darles una buena educación. Mientras tanto, sus esfuerzos siguen centrados en las niñas que siguen presas, sin poder ir al colegio. En la última misión de rescate, liberaron a una docena de kamlari que la Policía había localizado. ¿Cómo? Llamando a la puerta de los captores y apelando a su humanidad: “Por favor, no le hagas lo que me hicieron a mí”.

Caddy habla

Publicado: 09/11/2015 08:37 por coeducajanda en Artículos de prensa
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La República Democrática del Congo está considerada por la ONU como el peor lugar del mundo donde puede nacer una mujer

Almudena Grandes 1 NOV 2015

Es una mujer joven, una mujer guapa, una mujer elegante. Lleva un vestido largo de un tejido espectacular, estampado en colores muy vivos, y uno de esos maravillosos turbantes que sólo las africanas son capaces de hacer enrollando una tela alrededor de su cabeza.

Esta mujer joven, guapa y elegante se acerca al micrófono, sonríe, saluda al auditorio y habla en un francés pausado y preciso, mucho más fácil de entender que el sentido de las palabras que pronuncia.

Cuenta que su país, la República Democrática del Congo, está considerado por la ONU como el peor lugar del mundo donde puede nacer una mujer, el país donde una niña tendrá peores condiciones de vida y menos oportunidades para progresar. Explica que esta calificación está relacionada con la guerra que devasta a su país desde hace mucho tiempo, una guerra cuyas batallas se libran específicamente sobre el cuerpo de las mujeres. Las congoleñas están en el centro de la vida de las comunidades en los pueblos y aldeas donde habitan. Ellas son quienes cultivan los campos, quienes se ocupan del ganado, quienes venden las cosechas y manejan la economía de sus familias. Mientras los hombres no trabajan, u ocupan cualquier cargo administrativo al que ninguna mujer tiene acceso, ellas cuidan de las casas, de las tierras, de los hijos. Por eso destruir a las mujeres es el método más simple, más directo y eficaz, para destruir las comunidades a las que pertenecen.

Antes de seguir, advierte que para explicar las cosas bien va a tener que usar términos violentos, desagradables y sexualmente explícitos. No puede esquivarlos, porque el arma más utilizada en la guerra que padece su país es la violación, aunque ese término no se aplica en este contexto a una penetración sexual obtenida por la fuerza. Para que el auditorio lo entienda mejor, pone ejemplos. Los soldados entran en una casa y violan a mujeres y niñas penetrándolas con sus cuchillos o con las bayonetas de sus fusiles. Así, destrozan por dentro y por completo a cualquier mujer que encuentren en una casa, ya sea un bebé o una anciana. O encañonan al marido y le piden a uno de sus hijos que viole a su madre. Si se niega, matan a su padre. Luego a uno de sus hermanos. Después a otro, y a otro más, hasta acabar con todos. Ellos mismos hacen el trabajo con sus cuchillos y las abandonan en sus casas o las dejan tiradas por los caminos. Las que sobreviven, tienen que afrontar después el abandono de sus maridos, que las repudian, y el de sus familias, que se avergüenzan de ellas.

Esta guerra feroz y lejana, de la que tal vez ustedes ni siquiera hayan oído hablar, se ha recrudecido de manera extraordinaria durante los últimos años. A la violencia política, étnica, religiosa, se ha sumado ahora la competencia por el coltán, un mineral raro en todos los sentidos –porque sus reservas son escasas y porque su nombre apenas se había escuchado hasta ahora– que es esencial para fabricar los teléfonos móviles que todos usamos. La República Democrática del Congo es el país con mayores yacimientos de coltán del planeta, y las empresas de telefonía radicadas en los limpios, civilizados y democráticos países del mundo civilizado están dispuestas a conseguirlo a cualquier precio. Se pueden hacer smartphones sin coltán –de hecho, al menos una empresa española, BQ, los hace–, pero, por lo visto, para las grandes compañías, la guerra en el Congo resulta más competitiva que la innovación tecnológica.

La mujer joven, guapa y elegante que habla despacio, sin levantar la voz, sin gesticular, con la dignidad de quien no busca compasión, porque sólo cuenta la verdad, se llama Caddy Adzuba, tiene 34 años y es congoleña. No sólo nació en aquel país. Sigue viviendo en él pese a que ha recibido numerosas amenazas de muerte y ha sobrevivido a dos intentos de asesinato. “Mis amigos extranjeros no lo entienden”, explica sonriendo, “pero yo no hago falta aquí, sino allí”.

Caddy es una privilegiada porque tuvo la oportunidad de ir a la universidad en un país donde poquísimas mujeres llegan a recibir educación. Se licenció en Derecho, pero también se dedica al periodismo. Presenta y dirige un programa de radio donde presta su voz a quienes no la tienen, las mujeres de la República Democrática del Congo. Además, impulsa y colabora en diversos programas de recuperación de mujeres violadas, rotas, que tienen que volver a crearse a sí mismas por fuera y, sobre todo, por dentro.

Caddy viaja por el mundo, y da entrevistas, conferencias, habla.

Yo, que la he escuchado, nunca podré olvidarla.

- ¿Cómo describe la periodista a la mujer que protagoniza este artículo? ¿Cómo es? ¿A qué se dedica?

- ¿Qué es lo que ocurre en su país?

- ¿Por qué la violencia se centra contra las mujeres?

- ¿Por qué razón se ha visto agravada esta situación?

- ¿Qué hace Caddy para ayudar a su país?

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Por Moni Basu

(CNN) — Mathura tenía 14 años, tal vez 16, cuando la violaron. Era 1972 y yo tenía nueve. La India en la que ella era joven fue la misma en la que yo lo fui, con la única excepción de las condiciones de pobreza extrema en las que vivió.

Ella era huérfana y su pobreza la obligaba a aceptar cualquier trabajo para comer, como recolectar estiércol de vaca con sus propias manos, para luego dejarlo secar y venderlo como combustible. Para mí, vidas como la de ella eran comunes, estaba acostumbrada a ver a las mujeres en Kolkata, mi ciudad, a hacer lo mismo. Nunca me imaginé que mis manos tocaran la materia fecal de un animal.

Sin embargo, las violaciones no conoce de límites de clase y cultura. Luego de que esto le pasara, parecía que ella tenía una letra escarlata en el pecho, así era el estigma de una mujer violada en India. Mathura fue valiente e hizo lo que pocas mujeres hacían en aquella época: llevar su caso ante la justicia. Pero la suprema corte de la región no le creyó, la justicia negó la culpabilidad de sus atacantes, dos policías, y los dejó en libertad.

Su caso fue monumental, legal y socialmente. Por primera vez se desataron protestas por violación en el país, las mismas que lograron que se reformaran las leyes de acoso sexual. Se inició un movimiento feminista, que promovía acciones para empoderar a la mujer. La gente comenzó a ver la violencia de género como lo que es: un acto brutal de poder.

Yo leí del caso por primera vez mientras trabajaba como periodista en Estados Unidos y entonces me interesé por los derechos de las mujeres en el mundo. Aunque la corte se negó a creer que Mathura había sido violada, los acontecimientos estaban de su lado.

Su caso se convirtió para mí en el prisma desde donde podría observar mi lugar natal y su desarrollo en las últimas cuatro décadas. Hace menos de un año, otro caso levantó una ola de indignación en el país. Miles de personas marcharon por las calles luego de que un grupo de hombres violara a una mujer en un autobús. La historia terminó en la muerte de la joven.

Un titular del diario indio Hindustan Times llamó mi atención. La columna hacía referencia y lamentaba cómo la actitud de los hombres no había cambiado desde 1972. Incluso algunos reportes indicaban el alza en violaciones desde hace 41 años.

Nadie parecía saber qué le había pasado a la víctima, a la adolescente cuyo nombre saltaba en todos lados: Mathura. ¿Seguía viva? Esa curiosidad me llevó a iniciar mi búsqueda de la mujer que inocentemente había salido de su casa con rumbo a una estación de policía y había regresado como víctima de abuso sexual. Quería encontrarla por muchas razones, creo que muy dentro de mí, me sentía identificada.

Quería aprender sobre India, sobre cómo su sociedad lidiaba con la violación, y cómo Mathura había influido en ello.

Yo sabía lo devastador que podía ser una violación, y me pregunté cómo había afrontado ella su vida, atrapada por la pobreza, el analfabetismo y el patriarcado. ¿Había encontrado el amor? ¿Era madre? ¿Se sentía feliz?

En mi búsqueda, pregunté a abogados, periodistas y activistas. “Nunca la vas a encontrar”, me dijeron en varias ocasiones.

Conociendo a Mathura

Luego de mucho tiempo y de varias entrevistas, hallé a Mathura en Nawargaon. Cuando la ví, lo primero que hice fue explicar quién era yo y por qué estaba ahí. Le conté que la había estado buscando durante mucho tiempo y que había viajado más de 14.000 kilómetros.

Mathura me contó que vivía en ese pueblo desde que se casó con Attaram y que tiene dos hijos. "¿Por qué has venido a verme?", me preguntó. “Nadie ha venido a verme en todos estos años. Nadie vino a ayudarme”, dijo. En respuesta le pregunté que si había escuchado de Nribhaya, la joven que fue violada por un grupo de hombres en Delhi.

Ella asintió y yo le pregunté: “¿Sabías que tu nombre apareció nuevamente en los periódicos que reportaron el caso?" Respondió que no. "¿Qué decían?", me preguntó.

Le contesté con una explicación sobre la importancia de su caso. Cuando empezaba a recordar su historia, su hijo mayor, Papu Attaram, de 25 años, entró y dijo en representación de su madre: “No estamos interesados en nada que usted tenga que decir”. Ellos conocen la cruel historia de su madre, pero no todos los que lo conocen la saben. Me pregunto si hubieran estado más dispuestos a hablar conmigo si su identidad no hubiera sido revelada hace tantos años.

“He tratado de olvidarlo”, dijo Mathura. “He tratado mucho de comenzar mi vida de nuevo. No tengo otra alternativa”, agregó. Quiero decirle que yo sé lo que siente. Ella tenía entre 14 y 16 años cuando la violaron, yo tenía 18

- ¿Por qué Mathura se hizo famosa en La India a los 16 años?

- ¿Cómo había sido su vida hasta ese momento?

- ¿En qué se diferenció el caso de Mathura de los demás?

- ¿Qué ocurrió hace un par de años en La India que volvió a poner de nuevo su nombre de actualidad?

- ¿Cómo se describe la situación de acoso sexual en La India?

- ¿Por qué la periodista tenía tantas ganas de conocer a Mathura?

- ¿Cuál es su situación actual? ¿Qué piensa su familia?

Vídeos contra la violencia de género

Publicado: 09/11/2015 08:47 por coeducajanda en Vídeos
http://ineverycrea.net/comunidad/ineverycrea/recurso/12-cortos-para-trabajar-la-violencia-de-genero-en-/74b6edfe-95f1-495d-b167-b651a28a4271