20150520221918-1432055770-026271-1432058149-noticia-normal.jpgÁngeles Espinosa Riad 19 MAY 2015 EL PAÍS

“En este país necesitas un hombre”, resume Vega Gutiérrez, una de las ingenieras españolas que trabaja en la construcción del metro de Riad. “Este país” es Arabia Saudí, donde las mujeres tienen prohibido conducir, no pueden estudiar, viajar o someterse a una intervención médica sin el permiso del varón que tenga su tutela, y deben ocultar sus cuerpos bajo unas túnicas negras llamadas abayas. Pero ni esas restricciones, ni la mala imagen del Reino del Desierto, han desanimado a estas pioneras ante un reto profesional tan importante para ellas como para su anfitrión.

Gutiérrez se refiere a los problemas de movilidad como no poder coger el coche para ir a visitar otros puntos de la obra, hacer la compra semanal o acudir a un restaurante. Esta ingeniera de Caminos salmantina es la responsable de contrato de la línea 5, una de las tres constructoras del consorcio internacional liderado por la española FCC. Con la experiencia de 15 meses en Riad, admite que tiene la suerte de que su marido también trabaje en el mismo proyecto. Le da mayor independencia fuera del entorno laboral.
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“El conductor se ha convertido en mi sombra”, señala por su parte Berta Tapia, jefa del departamento de Topografía de la misma línea, cuyo marido e hijos se han quedado en Barcelona. “Pero no sólo es un problema de movilidad, si no tienes marido no puedes socializar con otros hombres o compañeros”, añade.

Las dificultades son a veces sutiles y, para mujeres acostumbradas a liderar equipos, resultan difíciles de encajar. Cuentan que a los compañeros saudíes les cuesta dirigirse a ellas y, cuando lo hacen, no les miran a la cara. “No tienen costumbre porque entre ellos [mujeres y hombres] no hablan, pero poco a poco se están habituando. También tú aprendes a no dar la mano a no ser que ellos te la ofrezcan primero”, apunta Almudena Álvarez, ingeniera de Caminos que dirige el departamento de diseño. “En su mentalidad no existimos, están aprendiendo”, añade.

Supera lo anecdótico. También afecta a la organización del trabajo. “No tienes la libertad que en otros países para convocar una reunión, pero son temas que se pueden salvar, haciéndolo a través de un compañero, por ejemplo”, reconoce Gutiérrez. “Hay que venir con una actitud diferente; eso mismo que en Madrid sería el fin del mundo, aquí soy consciente de donde estoy”.

Tampoco les pilló de sorpresa. Sabían que venían al país más conservador y misógino de Oriente Próximo. Intuían que las condiciones serían difíciles, pero pesó la oportunidad profesional. “Es un proyecto muy ambicioso, y en España en estos momentos no hay mucha obra civil”, coinciden.

Más complicado resulta dar órdenes o reprender a alguien cuando su trabajo no está a la altura. “Hay una parte cultural”, concede Álvarez. Esta viguesa, que llegó hace 10 meses desde Panamá, ya había notado allí la necesidad de tener más delicadeza para hacer las críticas. “Los españoles somos muy directos y eso se malinterpreta”, afirma. “Cuando vine, no podía salir a la obra, pero en mi trabajo si no veo…”, recuerda Tapia, la topógrafa. “No me pongo físicamente detrás de la máquina [el teodolito o estación total, con el que se hacen las mediciones], aunque de vez en cuando bajo a la tuneladora a echar un vistazo con discreción”, confía antes de recordar divertida que el primer día rompió la abaya porque se enganchó.

No obstante, se muestran convencidas de que al tratarse de occidentales, a los saudíes no les preocupa mientras vayan cubiertas y sean discretas. “Les causa más sorpresa que otra cosa”, asegura Vega.

También notan cierto esfuerzo por encajar este nuevo fenómeno de mujeres a pie de obra. En Arabia Saudí, ni siquiera pueden estudiar ingeniería. Unas pocas valientes lo han hecho fuera, pero o trabajan en Aramco (la compañía nacional de petróleo) o en tareas de oficina. Sólo en 2005 abrió la primera facultad de arquitectura en una universidad femenina.

Esa segregación absoluta a la que aspiran los más puritanos saudíes también crea oportunidades para las extranjeras. Tal es el caso de Sandra Yagüez, joven topógrafa en otra empresa de ingeniería que está rehabilitando y ampliando un campus. “Para el periodo de garantía de la obra, las mujeres, que van a ser las usuarias, no pueden comunicarse con los hombres que la están ejecutando; así que voy a ocuparme yo”, explica.

“Es una contradicción: no dejan que entren mujeres, pero las necesitan”, constata Yagüez, que tuvo que casarse antes de instalarse en Riad para poder vivir con su hasta entonces novio. En la obra tiene una oficina separada de sus compañeros, y al principio alguno se apartaba de su camino cuando se cruzaban. “Trabajo en la sombra”, admite. Aunque eso no le resta entusiasmo. “Te lo han pintado tan mal antes de venir, que una vez aquí no te parece tanto”, subraya.

Es la misma impresión a la que han llegado sus compañeras de FCC. “Al final, llevar la abaya es el mal menor, como un uniforme”, concluye Álvarez.

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