20150302183325-piropos-7034-635x.jpgA estas alturas, las mujeres sabemos responder ¡y respondemos!

Núria Ribó 22 de febrero de 2015

Voy a quedar fatal si digo que los piropos, en general, no me molestan. Me molesta la grosería y el acoso. Y contra esas situaciones sé defenderme. Soy políticamente incorrecta y lo asumo. Aunque después de dar un repaso a la hemeroteca me doy cuenta de que no soy tan incorrecta. Los tiempos han cambiado para mejor. Y las mujeres no reaccionamos como hace años ante los piropos. O nos reímos. O contestamos. ¡O los enviamos a parir panteras! Cosa que descoloca a muchos machitos. Tengo la impresión de que el piropo está de capa caída. Con los años ha ido perdiendo virulencia ese desparpajo machista que miles de mujeres soportaron. La mayoría de bocazas se han ido encogiendo a medida que las mujeres se han posicionado en todos los ámbitos sociales. Por eso me ha sorprendido que el debate sobre el piropo se abriera de nuevo. Y con una cierta intensidad, a juzgar por la repercusión en las redes de un vídeo realizado hace meses en Nueva York para denunciar el acoso callejero y apoyado por Hollaback, movimiento contra el acoso, presente en 25 países.

Su difusión ha devuelto a la actualidad el piropo cuando está en vías de extinción. En dos minutos el vídeo resume 10 horas de paseo por Manhattan de una actriz que, con cámara oculta, fue grabando lo que ocurría alrededor. En ese paseo, editado, supongo, con los comentarios más groseros, oímos: «¡Sonríe!». «¡Eh, guapa!, ¿no quieres hablar conmigo?», «Dios te bendiga, mami!». «¡Sexy!», etc.

Viví ocho años en Manhattan y comentarios parecidos los oí en más de una ocasión. Ese desparpajo tan americano, que no ofensivo, lo comprobé en hombres y mujeres, que con toda naturalidad y mientras esperaba en el semáforo podían decirme que les gustaba el vestido o los pendientes. Cada persona es libre de rechazar cualquier comentario que le dirijan, pero me sorprende que el tono light del documento haya reabierto el debate al que se han añadido las declaraciones de Ángeles Carmona, presidenta del Observatorio de la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, quien califica el piropo de «una auténtica invasión de la intimidad de la mujer» que hay que erradicar. ¿Cómo? ¿Con campañas, prohibiciones?

Hoy, las mujeres no necesitamos la misma protección que hace 30 años, y con ello no quiero decir que no sea necesario seguir insistiendo en el campo de la educación y también a través de los contenidos en los media. Decía que he buceado en la hemeroteca y ya en 2008, cuando Ausonia hizo el primer estudio en España sobre el piropo, la verborrea machista estaba en decadencia. Ocho de cada diez mujeres opinaban que el piropo era una «manera simpática de expresar cariño y reconocimiento», teniendo en cuenta que el piropo preferido era «eres maravillosa», y que lo entendían en ambientes cercanos. A siete de cada diez mujeres les desagradaban los «subidos de tono». Expertos en políticas de igualdad lo calificaban de vestigio del pasado y coincidían en que la lenta transformación de los hábitos sociales lo llevaría a la desaparición.

Para rematar he hecho una encuesta casera entre amigas y en Facebook. A la gran mayoría no les molestan, siempre que no sean groseros. Al contrario, dicen que les divierten, y a veces, les suben los ánimos. Ellos y ellas creen que no es el qué, sino el cómo. Nada de prohibiciones y sí, mucha educación. A estas alturas las mujeres sabemos responder y respondemos. Esto no es Islandia, el mejor país del mundo para ser mujer y vivir en igualdad, según el informe del Fórum Económico Mundial 2013. Pero tampoco es Egipto, donde el 99% de ellas ha sufrido alguna vez acoso sexual.

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