Hace unos meses se popularizó el vídeo de una niña estadounidense de 4 años, llamada Riley, que protestaba de manera acalorada sobre algo que le tocaba la fibra sensible, el tema de los juguetes. En este caso, la contrariada Riley departía sobre los colores de los juguetes y el tipo de juguetes que, según ella injustamente, sufrían ya desde muy pequeños niños y niñas. Según Riley, que está harta de juguetes de color rosa (a los que llama "pink stuff") y de princesas, a las niñas también les gustan los superhéroes. Además, Riley consideraba que el pink stuff era una manera de engañar a las chicas para que compraran un tipo de juguetes que los chicos no querían.

El vídeo lo han visto ya más de cuatro millones de personas y ha desatado una auténtica guerra de argumentos entre los jugueteros y algunas asociaciones de padres preocupadas por los estereotipos de género en EE UU. Estas asociaciones acusan a los jugueteros de marcar fuertes estereotipos para niños y niñas a través de códigos de colores (rosa para niñas y otros colores no-rosa para niños) que, a su vez, están asociados a distintos role models (superhéroes para niños versus princesas para niñas) y a futuras ocupaciones profesionales (planchas, maquillajes o cuidado de bebes para niñas versus construcción, automoción o ciencia para niños). Ante estas acusaciones, los jugueteros han argumentado que ellos fabrican los juguetes que demandan los niños y niñas, pero según las asociaciones de padres, los niños y niñas piden unos juguetes u otros bajo el peso de los estereotipos que los propios jugueteros han creado con sus campañas de márketing.

Cualquier padre o madre español hemos sufrido los machacones y estridentes anuncios publicitarios de varias cadenas de televisión en la franja horaria de las animaciones para niños (por las mañanas, temprano). Anuncios que rezuman estereotipos. Si no los han visto, son dignos de ver, aunque advierto de que pueden herir su sensibilidad, especialmente si usted tiene una hija. Por que, creánme, las niñas salen perdiendo. Este asunto siempre me ha parecido moralmente inacceptable, por denigrante. Me es grato ver que, a juzgar por el tono de indignación de la avispada Riley, hasta los propios niños están hartos. Pero nadie parecía hacer nada. Así que, doy las gracias a Riley por abrir esta polémica. Por fin.

Esta polémica puede resultar en un nuevo tipo de derechos sociales en EE UU, y por ende, en el resto del mundo, destinados a proteger a los niños de este tipo de estereotipos de género arcaicos e indeseables.Pero el tema es serio y transcendente, y ciertamente, no sólo es cosa de niños.

Un nuevo estudio que se publica esta semana en la prestigiosa revista Proceedings of the American Academy of Sciences (PNAS) indica que, tanto hombres como mujeres, seguimos siendo machistas de manera sutil, crónica, e inconsciente, incluso si se trata de científicos de las mejores universidades de EE UU. El estudio indica que profesores de universidad y profesionales científicos siguen siendo más favorables a los estudiantes chicos que a las chicas. El trabajo consiste en evaluar el currículo de los mismos candidatos (pero asignados de manera aleatoria a un género masculino o femenino) que optaban a un puesto de director de laboratorio. Los resultados son claros, los profesores (independientemente de que sean hombres o mujeres), califican significativamente mejor el currículo de los chicos (a pesar de ser idéntico al de las chicas). No solo eso, también consideran que los chicos son más competentes y mejores candidatos para la contratación. Además, ofrecen salarios más altos y mayor mentoring a los chicos que a las chicas. Cuando se investiga el porqué de este sesgo, todo apunta a que en nuestro subconsciente está muy asentada la idea de que las chicas son menos competentes.

Estos descubrimientos son un jarro de agua fría, especialmente tras los últimos estudios que indicaban que la causa de que las mujeres estén infrarrepresentadas en los estamentos profesionales más altos es debido a la propia elección de las mujeres (libre o bajo presiones familiares) a la hora de optar por carreras profesionales menos exigentes. Este nuevo estudio indica que para conseguir que más mujeres estén en los estamentos profesionales más altos (y esto es necesario, según el informe de 2012 del Consejo Asesor del Presidente de EE UU en materia de Ciencia y Tecnología, para cubrir un déficit estimado en más de 1 millón de científicos en EE UU durante la próxima década), no solo hay que trabajar en animar a que más mujeres se decidan a avanzar en sus carreras profesionales, facilitando que puedan tener a la vez una vida familiar, sino que hay que combatir un machismo sutil que sigue viendo a las mujeres como menos competitivas y menos capaces de triunfar. Además, dado que tanto hombres como mujeres han mostrado esta preferencia por los estudiantes de género masculino, esto indica que este machismo sutil es el resultado de la persistencia de estereotipos culturales que operan subconscientemente en contra de las mujeres, y no tanto de un deseo intencionado de perjudicarlas.

Esto indica que no es suficiente con animar a que las mujeres se decidan por carreras científicas y se identifiquen con la ciencia (como promueve la campaña It's a Girl Thing de la Comision Europea, sobre la que hablé en un post anterior), o con que se facilite por parte de los centros de investigación que las mujeres puedan compatibilizar la vida laboral con la familiar, parece que hay que poner un énfasis adicional en que los procesos de selección sean objetivos y transparentes. Y la paridad en los comités de selección, aunque ciertamente ha ayudado, como refleja el Libro blanco sobre la situación de las mujeres en la ciencia española, no parece suficiente para garantizar esto.

Quizás tengamos que remontarnos a la protesta del pink stuff de Riley para cambiar las cosas. Los triángulos invertidos de color rosa ya se utilizaban para discriminar, para marcar, en los campos de concentración nazis. Cuando mi hijo tenía entre 2 y 3 años, le gustaba y demandaba juguetes y peluches de color rosa, pero ahora ya sabe que es un color de niñas y lo evita. El problema no es que sea un color que les gusta a las niñas, el problema es que ser como las niñas ¡no es deseable! (algo que no es necesariamente cierto a la inversa, con el color azul). Esa segregación de colores puede derivar en una segregación social y emocional mucho más temprano de lo que nos podemos imaginar. El asunto de colores diferentes para niños y niñas no tiene ninguna base racional, y por lo tanto es fuente para las emociones más irracionales.

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